#historiasdebicis
** Con este relato participé este verano en un concurso sobre ‘Historias de Bicis’ organizado por www.zendalibros.com. Era la primera vez que participaba en un concurso literario y del resultado del mismo solo decir que el mío no fue seleccionado entre los 10 relatos, de los más de 400 presentados, que optaban a los premios. ¡Qué se le va a hacer!, ¡quizás la próxima vez! **
¡Por fin en la playa, ya iba siendo hora! Comenzaban otras esperadas vacaciones veraniegas al borde del mar, todo un mes por delante para disfrutar, divertirse y pasarlo bien, ¿qué más puede pedir un adolescente urbanita imberbe? ¡Viva la playa y larga vida a las vacaciones!
Tras el habitual ritual de deshacer maletas se acercó a preguntar por el amigo hecho al final del anterior verano y, ¡horror!, toma pedrada en la frente, no iba a venir ese año, habían tenido la fabulosa idea de enviarle al extranjero a estudiar idiomas, ¿qué iba a hacer ahora? ¿Con quién compartir todas esas horas libres posteriores al cóctel diario de playa más siesta más estudio obligatorio para intentar salvar en dos meses lo que no supo hacer en siete?… Y hete aquí que la solución vino del mismo lugar que la pedrada, ¡los vecinos tenían una bicicleta que no utilizaban y que se la prestaban para su exclusivo uso y disfrute vacacional!

La bici en cuestión era una aparato de su época, de las de antes, ya saben, de las que se llamaban ‘de cartero’, de esas antiguas, pesada como ella sola y tan alta que si no tenías buena talla no llegabas con los dos pies al suelo, un auténtico ‘hierro’ que por supuesto no tenía marchas ni discos en los frenos ni carbonos ni titanios ni demás moderneces que por entonces ni existían ni se imaginaban. Pero daba igual, encima de aquel armatoste se sentía como El Tarangu unos meses atrás ganando su segunda Vuelta a España, para luego ir a batirse el cobre en el Giro de Italia con un tipo que pasaba por allí que se llamaba Merckx, Eddy Merckx.
¡Qué cosas tiene la vida! Fue el verano anterior cuando se empeñó en aprender a montar en bici, nunca había tenido una y nunca se había puesto a ello hasta que ese verano convenció a su padre para que le enseñase, y esas cosas solo las puede hacer un padre, alquiló una bicicleta y todas las tardes se iban a unas calles cerradas al tráfico que había por la zona, a ver si el maestro conseguía inculcar algo al discípulo torpón. Y ahí, dale que te dale, un día tras otro, empujaba la bici con el aprendiz encima mientras éste daba pedales como un poseso a la vez que intentaba mantener el equilibrio, cosa que al muy negado le resultaba harto complicado. Así hasta que la acémila del chaval consiguió empezar a mantener la vertical sin la ayuda de su sufrido progenitor, pudiendo uno seguir intentando mejorar sus recién adquiridas habilidades ciclistas, me caigo, me levanto, me vuelvo a caer y así hasta el infinito y más allá, mientas que el padre de la criatura podía retomar junto a su mujer el relajante paseo vespertino, rematado con una refrescante horchatita y un cremoso helado.
Y un año después, gracias a esos esfuerzos, ahí estaba él recorriendo los escasos ocho kilómetros que separaban su localidad de veraneo en la costa valenciana del pueblo de al lado donde por un par de semanas estaría su íntimo amigo y a la sazón vecino en el domicilio familiar, al que si no llega a ser por la bicicleta prestada no hubiese podido ir a ver, porque en aquellos tiempos los padres no estaban de chóferes de guardia permanente esperando para llevar y recoger a sus vástagos, un día a las fiestas del pueblo de turno, otro día al guateque en casa del amiguete de marras que mira por dónde siempre vivía en la otra punta del mundo.
Fueron un par de semanas muy sanas, todas los días montando en bici, ya ven ustedes qué tontería más grande, era llegar donde su amigo y se pasaban toda la tarde ahora montas tú y te das una vuelta paseo arriba paseo abajo, ahora monto yo y hago lo mismo, paraban un rato para charlar y comerse unas pipas sentados en el murete que daba a la playa y vuelta a empezar. Pero es lo que tienen los amigos, no hace falta mucho para que se lo pasan bien cuando andan juntos, y si encima metes en la ecuación una bici pues te conviertes en capitán general con mando en plaza.
Terminó el verano, la bici regreso a regañadientes con sus dueños y los dos muchachos volvieron a su lugar de origen y siguieron viéndose de continuo porque eran amigos y porque uno vivía un piso más arriba que el otro. Y así hasta que nuevamente llegaron las vacaciones estivales.
Un día que estaba la peña reunida en su habitual lugar de quedada y antes de que cada cual iniciara la habitual diáspora veraniega, apareció otro colega montado en su bici, ésta ya era de las ‘modernas’ de entonces, no el armatoste del año anterior, pero sobre todo era la excusa perfecta para quitarse el amodorramiento típico de una calurosa mañana de finales de junio en la gran ciudad. La bici fue pasando de mano en mano para que cada uno se diese su vueltecita correspondiente, en eso le tocó a uno de los dos amigos y como era de rigor partió veloz a dar su vuelta. Se hizo tarde, tocaba subir a comer y el ciclista no regresaba, “no pasa nada, ya volverá, nos vemos esta tarde”, se dijeron el resto, y cada cual se fue yendo a su casa.
Pero no volvió… una calle de adoquines… un camión aparcado con la trampilla trasera bajada… a lo peor una velocidad excesiva… el golpe debió ser brutal… Se llamaba Luismi, teníamos catorce años, ¡el verano anterior fui a verle en bici todos los días y nos lo pasamos genial!